
ni alrededores,
ni jardines,
ni palacios;
un centro descentralizado y aburrido,
carente de arpegios,
de golondrinas,
de espantapájaros,
de estropajos,
carente de todo... menos de mí,
porque justo,
justito,
justo ahí fui a caer.
Esto es Avernia... hogar del ángel de Lucifer... de la que muestra las sombras... abran los ojos y dejen que la oscuridad los guíe... Nos vemos en las sombras...






Lárgate de mí, ¡vete lejos!
gusano pestilente que me tortura el alma,
¡vete de mis sienes!
¡deja de perforar mi corazón
con tus horribles bocas!
Lárgate de mí, vete lejos.
No quiero seguir siendo el alimento de tu inmundo vientre
colmado de pestilentes ayes y suspiros;
no quiero ni un remanente, ni uno de tus críos,
lárgate de mí con todo lo que te me recuerde,
vete lejos con todo tu olor de espanto.
Que me duelan los ultrajes, lo acepto; lo reniego
pero lo sufro, porque me toca;
Que me haga trizas el engaño, lo soporto; lo recuso
pero lo sufro, porque me corresponde.
Pero tú, vil gusano que devoras todo verdor,
¡lárgate de mí! Quiero olvidarlo todo,
quiero volver a los días de antaño,
ser feliz, no plañidera impaga,
ser sonrisa, no lluvia de invierno.
Lárgate de mí, ¡vete lejos!
abandona mis sepulcrales ojos opacos,
deja las humedades de sus fosas
para que entre el maligno que hoy sí
me hace falta.
Deja que vuelva a mis hijos mi bella hermana
con su natural nombre;
que ya no signifiquen pecado
esas cuatro letras
que la denominan.
Lárgate de mí, quiero que te vayas lejos;
quiero que abandones tu refugio en mis lacrimales
y saques toda putrefacción
que en ellos hayas alojado;
mis ojos, ¡que mis ojos son los culpables!
Por haber querido ver, por no permanecer cerrados.
Pero ahora, lárgate de mí,
que ellos ya se han arrepentido de haber mirado
y haber dejado que entraras.
Toda de mí te quiero fuera, lejos,
muy lejos y seco, aplastado, hecho pedazos;
así, tal como me dejares
tras tu estancia que nunca termina;
lárgate de mí, toda de mí te quiero fuera,
te deseo fuera,
te espero fuera,
te anhelo fuera,
te ordeno ¡fuera!
Lárgate de mí ¡vete lejos!
habita otras selvas, cobíjate en otros huertos,
ya déjame que el sufrimiento se repliegue
y pueda volver a amarle sin dudas,
sin temores, sin puñales al acecho.
¡Lárgate de mí, vil gusano!
¡Vete lejos!

¡Ay de mí! que no sabía
cuánto podía doler el alma;
y digo “¡basta!”,
alzo la voz,
dejo que el corazón se asome a mi boca
y grite “¡basta, basta, basta!
¡Ya por favor, que se acabe mi tortura,
que se vuele mi tormento!”
Necesito libertades,
me hacen falta los perdones,
los olvidos;
en algún lado los habré abandonado
¿quién sabe dónde?,
y ahora los necesito.
Como te necesito a ti
y no puedo dejar de necesitarte,
y por eso el corazón sube y grita
“¡basta, basta, basta!
¡arrójenme de los balcones,
déjenme cortar mis heridas!
pero que ya no duela el día ni la noche,
que no me haga llorar
el brillo de la luna”
¡Ay de mí! Qué estúpida he sido,
¿cómo convivir con el dolor
y la necesidad de olvido?
Es tan difícil ordenar al gusano que se aleje,
echarlo del alma donde se ha prendido
como un simbionte enajenado a la fuerza;
y por él es que mi corazón
sube desesperado a la vera de mis dientes y grita
“¡basta, basta, basta!
que alguien le diga que muero por sus labios
y que me mata el miedo
de una traición futura;
que amo y temo a mi legítimo verdugo
y que a su espada la odio
y que amo sus besos”.
¡Ay de mí! y mi pobre corazón
al borde del suicidio;
ha decidido saltar de mi boca
y arrojarse al vacío de esta hoja.

