sábado, 22 de agosto de 2009

Der Todeskampf

(La agonía)


Abrí la puerta para respirar el aroma a nube,
más que aroma, un perfume a tibieza
acarició mi frente elevada y serena;
aspiré profundo, entorné los ojos y dejé
que la brisa socavara en mi alma.
Al cerrar los ojos, ¡qué imagen! ¡qué sombra!
como un espectro melacólico surgió la tierra
y se elevó en remolinos sacudiéndome el pelo,
al abrir los ojos proferí un alarido, sorprendiome
el sutil encanto penumbroso de la hora incipiente.
La tarde se corona de cuervos y las cruces
parecen decir adiós con sus brazos
pues un vendaval de azotes
que desgaja los miembros,
lentamente se abre paso
por los corredores.

lunes, 3 de agosto de 2009

Viajante


Avanzo.
Me quedo mirando las luciérnagas de hombre
que brillan en lontananza.
Me quedo pensando en tus ojos verdes,
de un verde tan brillante y hermoso
como ese que se esconde afuera,
bajo un manto de negrura,
al otro lado de la ventanilla.
Y pienso que me hacen falta tus manos.
Duermo.
Cierro los ojos y
se me figuran grandes, gigantes;
sueño que me encierras tras los nudillos
y que en ese apretado ademán amoroso
me acurruco más... y más... y me pierdo.
Despierto.
También pienso que me falta tu pecho
para posar mi cabeza soñolienta,
descanzar
mis oídos aturdidos de susurros nocturnos,
del trajín del camino.
Avanzo.
Me quedo pensando en cuánto te extraño,
en qué falta me hacen tus ojos,
tan verdes, brillantes y hermosos
como ese campo que ya no alcanza
a iluminar la luna.

lunes, 29 de junio de 2009

La última puerta

Otro de los grandiosos poemas que me manda mi hermano para que comparta con quien decida adentrarse en Avernia:


Tú,
Que te arrodillas frente a todos los santos;
Que ante ellos tu miseria lucras
Y ante nosotros superior te sientes.
Tú,
Que a la luz del nuevo día
Ensanchas tus quejas hasta el cielo,
Que plantas en tu fetiche nueva flor
Respirando de la vida su aire fresco.
Tú,
Que dices ser fuerte porque rezas
Dejando libre tu alma al destino,
Tú que crees serás bienvenido
A tierras prometidas y paraísos viejos.
Guárdate para ti los ángeles dadivosos,
Los vanos milagros todos,
Todos te los dejo.
Tú, al igual que yo,
Pequeño y mortal
Como el más mínimo insecto,
Solo serás ceniza libre en la pira del tiempo,
Despojado de todo júbilo,
Vivirás al igual que yo en eterno silencio.
Tú,
Que a orillas del camino no me miras
Mientras tu espíritu especula en iglesias.
Piensas por eso que mi corazón sufre
Todas las desgracias de la tierra,
Pero, ya ves, yo vivo limpio;
Solamente tu te lavas la conciencia.
Tú,
Preso terrenal de temores celestes,
Tranquilo arlequín del dios bendito,
Obediente vacío, siervo condenado.
Tú, creyente soberbio de injustas mentiras,
Rasgador de ajenas vestimentas.
Tú, habrás de verme al final del camino.
Me verás sonriendo, sí;
Feliz tras la última puerta.

sábado, 27 de junio de 2009

¡Ay! esta sed...


¡Ay! estas ansias que me dilatan,
que me hinchen el pecho de amarga sed,
que me revuelcan las musas
por los pisos de lava,
¡Cómo aullan! Pobres criaturas,
no alcanzo a entender sus alaridos
¡pero es que es esta sed!
este delirio de amante hambrienta
que desvaría en las horas, oculta
tras las rejas del martirio
que supone tu presencia en lo lejos.
¡Cruel!
¡Mil veces cruel tu batalla sosegada!
¿qué te cuesta sostenerme en todo minuto,
abrasarme con soltura, achicharrarme los sucesos fantasmales?
¡Ay! Pero esta sed...
dadme del cáliz ¡vosotros, los inmortales!
dejadme beber, ¡piadosos!, los zumos de la libertad
y de la pasión arrebatada...
¡Ay! Pero esta sed... la sed de mis deseos...
qué cruenta la sed de los que no tenemos boca
más que por unas horas
y si encima la lluvia no cae en ellas
¡ay, qué agonía!
Pero la sed, la sed de miles de roces
que me agujerea el alma como zaetas...
probadme en la arena ateniense
¡pero dadme de beber!

El dolor que percibiera


El dolor, en nuestros labios,
tiene un sabor desconocido;
antes lo sabía, me pertenecía,
era el banquete diario
que roían mis dientes sufridos.

Hoy no lo reconozco,
el dolor tiene un color irrepetible,
sin nombre, sin matices,
no puedo pintar un cuadro con él ahora,
no sé si es el color de la mañana
o del hastío.

No recuerdo las notas de su música,
una melodía azarosamente ajena
es el ruiseñor de sus penas,
el dolor tiene una partitura extraña
que mis oídos no oyen.

¿Se suponía que era áspero?
No estoy segura de que ésta sea
la piel del dolor de otrora,
creo que algo extraño lo envuelve
como un manto de rústica lana
o arpillera.

Este aroma no es el dolido
por mis pulmones hace tiempo,
tiene un dejo de dulzura que confunde,
aroma a jazmines o magnolias;
¿será que el dolor ha cambiado de esencia?

martes, 19 de mayo de 2009

Poética agonía


A veces las alboradas se entristecen
y deciden vestir de luto,
cualquiera podría equivocarse
al mirar el sol
y ver la luna.
Hoy el alba estuvo meditabunda,
sufrida como plañidera impaga,
quién sabe qué sepulcro era llenado
con las lágrimas de ella,
quién sabe qué
tapaba la tierra.
A veces me siento como esas alboradas
y me da un deseo irrefrenable
de vestir de blanco,
sucumbir a las penas
y abandonarme... totalmente.
A veces un destajo no es suficiente,
muchas veces se antojan miles,
se desea una parva de cuervos
revoloteando en el jardín
y ojos que caen
de enrojecidos picos.
Las alboradas a veces cubren una tumba
de suspiros tenebrosos,
la luna muchas veces las acompaña;
y es en esas ocasiones
cuando el maligno teme
y se esconde.
Quizás tras las tumbas pueda hallarse un libro
en cuya tapa se lea un nombre triste,
quizás tras las tumbas hallen mi cuerpo
desgastado ya y
un poco ensombrecido.
No son mis letras éstas, aunque lo parezcan,
son en realidad mi sangre en gotas
que desde los destajos caen,
tan pesadas y lívidas
como el alma que se marcha.

miércoles, 13 de mayo de 2009

En la otra orilla


El grito no llega,
la vista no alcanza,
Mientras miro pasar una nube inútil
me pregunto para qué.

Debió haber pasado un duende absurdo,
bastante ebrio,
por un rincón de tus pesadillas
y así, de repente,
al despertarte una mañana
te mudaste a la otra orilla.
Noté que faltaban tus abrigos,
tus pantuflas favoritas,
noté que te habías llevado los rosales
que guardabas en el tintero,
el de oro, el de ensueños.
Después noté otras cosas;
como que te habías llevado más que lo tuyo,
me faltaban algunas esperanzas,
unos cuantos deseos;
no pude encontrar,
por más que busqué,
un sueño que atesoraba desde hacía años.

Supuse que no estabas lejos,
llevabas mucha carga
como para caminar kilómetros;
pero me equivocaba.
No sólo habías caminado poco,
sino que estabas cerca y en la otra punta del mundo:
habías cruzado a la otra orilla.

domingo, 10 de mayo de 2009

Suicida


Libertos,
sagrados,
rotundos como manos cerradas en puños,
tremebundos como saetas envenenadas.
Nada queda más allá del allá que nosotros,
que nuestros cejos fruncidos,
que nuestras mentiras de antaño,
cejadas,
perdidas,
distendidas como una tela de armiño
que hiciera las veces de mortaja para los sueños.
Libertos,
impúdicos,
satíricos como navajas en el viento de otoño,
libelúlicos como sanjas para muertos.
Qué sería eso de rotar las manzanas
para que los gusanos salieran por el otro lado,
no hay forma de saberlo, ¿qué sentido?
lo podrido, podrido está; no rotemos los rostros,
no ocultemos nuestras almas corrompidas,
paspadas,
enrojecidas,
abofeteadas por las manos del dios de los impíos
que tiene más rostros que la merced.
Libertos,
calcados,
transferidos de mundos extraños a uno aún peor,
cobijados por las fiebres de báratros absurdos.
Todo puede ser posible y nada a la vez,
ser lo que no se es, es un reto increíble
y tan atrayente como cortarse las venas:
se sabe fatal, se sabe inútil,
se sabe a sangre fresca corriendo por los dientes...
es tan tentador...

Rotundo carmesí


Márcame ahora a fuego,
así,
para que quede la traza de tu caricia hirviente,
para que haga mella
hasta en la espesura del bosque
en que se convierte mi alma en las noches de luna llena.
Sentí deseos de cobijarme
tras el embrujo
que pudiera provocarme un beso solitario,
y es precisamente
en la soledad donde más se siente
el desamparo,
donde más eco hace mi grito desesperado
clamando tu nombre.
Que te alejes
ha sido siempre mi tortura,
mi fatal estirpe me condena a la tristeza
pues por las furias he sido maldecida
y Eolo ha llevado la maldición escrita
por sus cuatro costados.
¡Ah! Pero refulgente,
satírico caballero de correas firmes,
al sudor del corcel le haces honores;
nadie ha visto a la desgraciada
más que tus ojos de hierba,
nadie ha podido salvarla
pero tú lo harás ahora.
Sálvame, ¡oh! pues prontamente,
que no resbalen tus pies en el rocío,
sonoros campanarios se oyen
y muy lejos
ha empezado a nacer la aurora.

martes, 3 de marzo de 2009

Muerto


Recibí otro de los fabulosos "ocasos" creados por mi hermano Héctor. (la imagen sí es elección mía)
A disfrutarlo:

Voy caminando por laberintos y ángeles de piedra,

Junto a hidras de maliciosas sonrisas.

Hay cabezas cenicientas y decaídas alrededor,

Merodean gimiendo blandamente

entre lágrimas de piedra,

Excitando al silencio, en un frenesí de estrellas difuntas,

Y ahora inertes.

Yo solamente camino deseando verte

Al final de este sendero de musgos quebrados y fuego.

Ojala pudiera robar de tu mano desnuda

Y cautivarme de nuevo de tu cuerpo entero.

Ahora alzo de nuevo mi mirada equívoca

Hurgando por tu aliento en estas tinieblas que no cesan.

Ha caído un adiós desde el gris profundo del cielo,

Mis pies se apresuran otro poco entre la penumbra

Sorteando los juglares cadavéricos del tiempo.

Y tu, ¿dónde estás?

Quizás estático, navegando entre tanto beneplácito dominante

Y esos crepúsculos de atroz misterio,

Que solamente procuran derrumbar mi alma otro poco.

Voy vagando como una musa de inhóspita paz,

Vestido de satenes blancos como pétreas amapolas,

Y una cofia de astros efímeros defendiendo mi angustia.

Hay estatuas a mi alrededor,

Soporíferas quimeras de pesados pies y alas de albardilla;

Susurrantes escoltas y dominantes de pesadillas

Que adornan mi boca sedienta de víctimas.

Prolongo un instante casi interminable mi agonía,

Ilumino mis manos con nimbos plomizos y fuliginosos vientos

Que humedecen con estridente calvario mi culpa.

Ya no te veo como antes lo hiciese frente a huidizas glorias,

Solo tengo esta senda de cálices torturantes y miedo.

Ya no estás embalsamando mi respiro,

Ahora tu vacío lo ocupan estas lagrimantes efigies

Que custodian mi caminar,

mientras se diluye todo hacia un inmortal gris.

La luz comenzó a emerger desde el confín mismo de la nada,

Como floreciendo de una herida, centinela del horizonte.

Me dejé llevar lentamente,

sin demasiada prisa y con elegancia seráfica,

La melodía sublime me acompañaba

Y tu voz menuda me apaciguaba

Detrás de estas rejas brutales.